agosto 14, 2012

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Marcelo barba.

En estas latitudes de Suramèrica y de acuerdo a los anuncios meteorológicos, estamos atravesando por un momento climático denominado «La Niña», que hace que vivamos cada vez más mojados y embarrados. Estas insistentes y molestas lluvias, cada semana nos alejan más del Golf. Paciencia…

Los clubes a su vez, se ven económicamente perjudicados por la imposibilidad de abrir sus canchas ó bien, por la baja asistencia de público con deseos de chapotear por sus campos…

Se producen diferencias lógicas de opiniones entre aquellos que pretenden jugar, aunque sea con traje de hombre rana, y los que con algo de sentido común, observan la situación con equilibrio y concluyen en que sería contraproducente pisotear y arruinar la cancha poniéndola aún más injugable.

Obviamente que dependerá mucho de la zona donde se encuentre instalado el campo de Golf, porque los hay de los que se inundan rápidamente, los que tardan un tiempo considerable en absorber la humedad y aquellos que parece no afectarle ninguna lluvia torrencial. Pero precisamente ahí se hace prácticamente imposible conseguir un lugar disponible en cualquier horario de juego.

Para no enojarse con nadie y tratar de ser más ecuánime en las decisiones, ó por lo menos para poder entenderlas, uno debería hacer el ejercicio de cambiar los roles de jugador al de administrador de una cancha, y recién ahí veríamos bastante más claramente cuáles son en definitiva las decisiones que hacen que se abra ó se clausure un torneo.

Quien gerencia y administra el tráfico por un club de Golf, ante todo tiene por objetivo hacerlo rentable, es decir, ganar dinero con la utilización de sus instalaciones. Ello significará en todos los casos, hacer que jueguen la mayor cantidad de golfistas y que la cancha se mantenga en un alto porcentaje del día (mientras haya luz) siempre ocupada y en excelentes condiciones de juego.

Sin embargo, este claro objetivo de rentabilidad, se opone frontalmente con la otra meta que le es propia a cualquier gerente de estos sitios, que es el de presentar -siempre- una cancha en perfectas condiciones de juego, que pueda competir en todos sus aspectos con otras instalaciones cercanas y similares.

Fíjense entonces, a la dicotomía que se enfrentan estas personas, cuando llueve insistentemente y la zona de juego se va poniendo cada vez más pantanosa e injugable… Díganme luego, si Uds. fuesen gerentes de alguno de estos campos de Golf mojados y barrosos, si tomarían tan seguros la decisión de abrir la cancha para que jueguen unos pocos fanáticos y la dejen en condiciones espantosas…

Lo que sí es seguro, es que el próximo fin de semana de sol pleno, muchos golfistas elegirán otra cancha que se encuentre en mejores condiciones, evitando concurrir a la que quedó destruida por el barro, las pisadas, los carros y las condiciones adversas que se generaron por su mala utilización.

Por nuestro lado, es decir los golfistas; este tema se dividirá también en dos opiniones encontradas. Las que corresponden a los socios del club y las que son propias a los ocasionales jugadores visitantes.

Como socios, algunos pretenderán (en un estado de salud mental razonable, digamos) obtener el máximo beneficio y placer por lo que pagan mensualmente. Dicho de otra forma, no querrán arruinar su propia cancha de Golf, ni que otros visitantes lo hagan en un día barroso, con riesgo de pisotearlo, destruirlo ó inhabilitarlo por mucho tiempo. Los ocasionales visitantes, en cambio, querrán jugar a como de lugar, sin pensar ni preocuparse en el día después…

Básicamente estos son los ‘polos opuestos’ que deberemos enfrentar en cada oportunidad que decidamos ir a jugar en un día climáticamente complicado. Tengamos un poco más de paciencia y sepamos entender cuando nos informen que cerraron la cancha, en definitiva, no será para mal de nadie sino para el bien de todos.

Llegar a tener y a mantener en óptimas condiciones una cancha de Golf lleva meses de esfuerzo y gastos, destruirla ó ponerla en malas condiciones de juego… sólo un fin de semana.

Hasta la próxima.

Marcelo H. Barba

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