Marcelo Barba
A esta altura de la vida y después de tanto desánimo, estoy a punto de entender algunos cambios culturales en las personas (aunque entender jamás signifique aceptarlo…).
Que por Ej., no respondan a un saludo cordial; que ya no se pidan las cosas por favor ni amablemente; que no se agradezcan las acciones ni los favores; que permanentemente se viva portando una cara de pocos amigos; que nos traten despectivamente en cualquier negocio ó servicio donde supuestamente intentamos comprar algo (cuando la amabilidad y la cordialidad debería ser lo que diferencia y hace competir a los servicios).
En fin, las cosas cambian, los comportamientos se vuelven más permeables a la chatura, a lo descartable, todo parece como más fácil y descomprometido con los demás.
¿Ó acaso me quedé anclado en el pasado, a otra cultura y a una serie de conceptos más sólidos que nos daban más seguridad…? No se… volvamos al Golf, porque seguir en esta línea de pensamientos puede resultar ‘inconveniente…’
Dentro de las características simples de mi educación, aprendí desde pequeño que ceder el paso a otra persona cuando uno tarda ó no puede avanzar en el mismo sentido que la otra es algo educado, de buen gusto y hasta muestra una preocupación hacia el prójimo (cierta ausencia de egoísmo, digo).
Cuando se decide practicar Golf, también se está asumiendo entender y respetar algunas reglas de convivencia y etiqueta básicas. Una de ellas, mínima, es la de ceder el paso a la línea que nos sigue cuando, por cualquier motivo y causa, nos atrasamos en el ritmo de juego. Esto es elemental y no hace falta decir más nada para explicarlo.
Sin embargo, hay quienes se olvidan de la convivencia. No reparan piques; no vuelven a alisar la arena de los bunkers que pisaron; no reponen los divots del fairway aunque no sean suyos; no vuelven a colocar la bandera cuando abandonan el green, y por supuesto, no se toman la molestia de mirar hacia atrás cuando deciden detener el juego para buscar una pelota ó resolver cualquier otra contingencia… así se tarden media hora.
Si lo relaciono con otros comportamientos que veo en el día a día, comienzo a entender la conducta de esa gente, como por ejemplo la de quienes arrojan basura en la vereda ó en los espacios públicos; quienes escupen en cualquier parte; quienes dejan que su perro adorne y perfume nuestra vereda; quienes se matan y matan a otros por subirse a un transporte público lleno de gente apretada; los que no ceden un asiento a nadie, quienes no respetan una cola; los que ignoran semáforos, barreras, señales y peatones, y a tantos miles más que tampoco…
Naturalmente, alguno de ellos terminará jugando Golf, porqué no? y también trasladará lamentablemente su idiosincrasia a la cancha, pensando en que los que vienen detrás de su línea, estarán obligados a soportar y aceptar sus malos comportamientos.
Me asombra -mucho- que tan pocos jugadores reaccionen. Que no vean ni sean capaces de enfrentar con carácter y diplomacia a quienes se creen (dentro de su soberbia y ridícula omnipotencia) dueños de un Campo de Golf.
Dedico estas líneas a ellos -ó a los amigos y compañeros más educados- para intentar convencerlos desde otra perspectiva, de cambiar sus actitudes; reconociendo el grado de convivencia que exige esta disciplina, donde mínimamente uno debe estar atento a su ritmo de juego; analizar en qué medida perjudica a los que esperan pacientemente y sin más opciones, detrás de su línea…
Hasta la próxima
Marcelo H. Barba




