junio 4, 2013

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Marcelo Barba
Todos los golfistas sentimos un gran placer al llegar al green, al ver que nuestra pelota quedó posada sobre esa prolija y suave alfombra. Es una sensación especial que no se la relaciona con la cantidad de golpes que nos costó conquistar ese objetivo parcial. Debe parecerse al que siente el alpinista que llega a la cumbre y saborea su conquista.

Allá arriba cambia todo. En el green cambia el entorno, el pasto, la velocidad de la bola, las herramientas que usamos, nuestro humor y el nivel de concentración al que recurrimos para embocar la pelota en no más de dos golpes… Si señores, en ese sitio cambian tantas cosas, pero lo mejor de todo es que ahí precisamente da comienzo la otra parte del Golf…

Quienes usan guante se lo quitan ceremoniosamente para lograr la sensibilidad de un cirujano; otros buscan en sus bolsillos la moneda ó el «elemento-amuleto de la suerte» para marcar su pelota; otros acomodarán su gorro de una forma distinta, cambiarán su gesto y de a poco cada cual iniciará su propio rito de preparación del Putt, una extraña danza tribal que sólo los golfistas conocemos y reproducimos con esa herramienta tan única e irreemplazable como el putter.

Automáticamente se aquietarán los diálogos, ruidos y voces, se marcarán las posiciones y se limpiarán obsesivamente las pelotas; se observarán desde cada ángulo posible las líneas que interfieren entre sí, si se deben-pueden reparar piques ó abolladuras en el piso, ó quitar ese microscópico granito de arena que parece distraer ó inquietar al mundo; se mirarán las caídas de frente y por detrás del hoyo y finalmente, se calcularán las variables que un ser humano es capaz de administrar en esos pocos segundos de decisión. Luego ejecutaremos y mientras cada bola rueda hacia su destino, rezaremos para que hagan exactamente lo que imaginamos.

Desde el plano emocional, todo y cualquier cosa que suceda será capaz de perturbarnos, nos molestarán las toces, los estornudos, los movimientos y ruidos, así como el viento que agita la bandera -mal atendida- por nuestro compañero, las sombras proyectadas sobre el piso, ese bichito que se posó sobre la pelota, algún jugador mal posicionado sobre el green ó a diez kilómetros pero en línea con el hoyo, en fin, ocuparán nuestra cabeza cientos de pensamientos minúsculos e insólitos, que no podremos quitarnos ni hasta cuando nuestra pelota se detenga o caiga dentro del hoyo.

Sabemos que es ‘el momento crítico’ del juego, donde capitalizaremos ó desperdiciaremos todos y cada uno de los buenos golpes que precedieron al del putter; donde pensamos que el Golf posee algo de injusticia, al ver que la esfera va hacia el hoyo y justo antes de caer… frena en el borde, esperando un nuevo toque sutil que la mueva medio centímetro y que tendrá el mismo valor que un drive…

Tal vez uno de los motivos decisorios por los que los golfistas terminamos emigrando hacia otras canchas o clubes, es por el estado, presentación y condiciones de juego de los greenes. Probablemente también, ese mismo argumento sea el que explica que una cancha es comercialmente más exitosa y rentable que otra; sin embargo, no todos los clubes ni administraciones comprenden acabadamente el concepto (no juegan Golf…) y por ende, no aplican sus inversiones y esfuerzos en esa misma dirección. Es una pena. A medida que cualquier golfista avance en su experiencia y reduzca su handicap, advertirá con claridad que en el Golf existe ese otro desafío dentro del juego, el green.

Tarde o temprano llegamos a la conclusión que los ajustes ‘finos’ que necesitamos incorporar para mejorar nuestra performance, en su mayoría, deberán venir desde lo que hagamos sobre el green. Ningún jugador tendrá nada asegurado hasta llegar allí; de hecho, poco le valdrá llegar en un solo golpe si luego se toma cuatro putts para embocarla…

Mi sensación sobre esta plataforma es que como mínimo, merece respeto. Y no es porque nos importe poco lo que hagamos en el resto del recorrido, sino porque dejar bien posicionada a nuestra pelota allá arriba es como alcanzar uno de los principales objetivos del juego, a pesar de los golpes que después nos tomemos para embocarla. Y aunque aún nos falte eso, meterla en el hoyo; el hecho de dejarla sobre el green es un placer en sí mismo…

Sin otra cosa más que nuestro Putter; nos enfrentaremos a nuestro nivel de perfección, precisión y capacidad de ‘lectura’ de las cosas que no nos preocupaban en el fairway (tipo de pasto, sentido del corte, humedad, caída del terreno, etc.).

Una de las actitudes alineadas con este respeto que señalo, es el tiempo. El que le dedicamos a la práctica y el que luego nos tomamos sobre el green para rematar cada hoyo. Con el tiempo observé que mi propio juego comenzaba a mejorar cuando me tomaba unos minutos de más con el putt.

Antes llegaba, observaba las variables más gruesas y ejecutaba. Al tiempo advertí que no era muy preciso ni regular (predecible) cuando me apuraba, que de esa forma jamás aprendería a «leer» ningún green; que debía mirar de costado (si la pendiente subía ó bajaba); si la línea de análisis por delante del hoyo coincidía con la de atrás… y me di cuenta de que ese tiempo adicional -y necesario- que agregaba a mi juego, no lo hacía más lento.

Antes, sentía una ansiedad casi incontrolable por ejecutar primero (a distancias similares con la bola de otro compañero pedía permiso y avanzaba). Hoy espero, prefiero ser el último… le doy unos segundos más a la observación de la velocidad y rumbo que toma la bola. Trato de estudiar la potencia con la que ejecutan los demás, cuánto recorre cada pelota y me quedan un poco más claras esas caídas sutiles…

Antes, nuestro grupo de golfistas se esforzaba por llegar a la mañana bien temprano, para ser la primera línea de salida. Hoy, personalmente prefiero salir atrás de la primera, porque así, al subir al green aún podremos observar con nitidez las líneas que quedaron dibujadas sobre el pasto, marcando el rumbo de las ejecuciones anteriores.

Gracias al rocío ó a la humedad que conservan los greenes a esas horas, se puede ver una rara telaraña de líneas -que se cruzan y terminan en el hoyo- y nos ofrecen una pista de las pendientes y potencias utilizadas por los jugadores anteriores, desde cada pique hasta la bandera. Esta es una ayuda válida y permitida que todos desperdiciábamos.

Antes, no me detenía a observar los tiros al green (sobre todo el resultado de los chips y los approaches), sólo me preocupaba ver la posición de mi pelota y pensar en el próximo tiro. Ahora trato de no perderme ninguno, porque todos me ofrecen información de velocidades y caídas que después puedo aprovechar cuando me llegue el turno.

A medida que avanzo en mi edad y veo disminuidas mis propias condiciones físicas de potencia, no me quedan muchas opciones más que intentar aprovechar y afinar mi juego corto y sobre el green. Es simple y cruel, pero contundente.

Ya no me inquieta perder 60 ó más yardas en mi tiro de salida, me preocupa en cambio hacer dos ó tres golpes para embocar un putt sencillo…

En definitiva acepto el sano y lógico equilibrio que me plantea esta magnífica disciplina, entre la descomunal potencia y la poderosa precisión, la que deberíamos saber aprovechar en el ‘otro’ Golf, el que se define cuando estamos todos sobre el green…

Hasta la próxima
Marcelo H. Barba

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