febrero 13, 2018

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 José Ángel Domínguez Calatayud

El golf, como toda actividad, no es inmune a la manifestación de extravagantes explicaciones sobre el error; frío, lluvia, estado del terreno, no son nada al lado de lo que inventan algunos.

 hoyo bola

El mundo en que vivimos los terrícolas está repleto de equivocaciones cometidas precisamente por estos terrícolsin embargo, derrochan creatividad para desviar la causa del error hacia otros orígenes. Recuerdo con diversión los inventos que pude escuchar en otra vida cuando, ocupado en la sana actividad de asesorar a una multinacional en materia de comunicación, las cosas no salían como estaban previstas.

 

Antes de enfocarnos en el golf, viene a mi memoria aquella ocasión en que el presidente de la sociedad, acompañado por otras ilustres personalidades, acudió a una “Convención de Mandos” que me tocó preparar y presentar. Háganse cargo: quinientos directivos; los directores generales de la empresa en la primera fila; salón de actos con luces apagadas y un solo foco cegando a este servidor de ustedes justo en el inicio del acto.

 

Empiezo el discurso introductorio alabando la vanguardia tecnológica de nuestra empresa y sus últimos avances comunicativos. Entonces, en el momento exacto en que hago ademán de introducir la intervención del director local, suena en la sala un teléfono móvil. Debo adelantar que en aquellas fechas los teléfonos móviles eran algo muy novedoso: en mi empresa podían contarse con los dedos de la mano los existentes. ¿Qué hacer cuando eres interrumpido en tu presentación por un inopinado sonido con el tono de llamada de Nokia?

 

Pues lo único que cabe: echar mano de un básico de la comunicación: cuando estás en un escenario – en vivo y en directo – y acontece un súbito e inevitable evento, debes integrarlo como si ese odioso asunto formara parte del espectáculo. ¡Nadie sabe, a menos que tú mismo te delates, que eso no debió ocurrir jamás!

 

No hay sorpresas: hay reflejos; no hay cosas extrañas, hay creatividad. Así que actué como si fuese un elemento más de la performance y di entrada al director con

más o menos estas palabras. “Señores, aquí llega la señal para todos nosotros; es la llamada para no quedarnos dormidos y escuchar al primero de nuestros invitados. Con todos ustedes, ¡Monsieur, M…..!” Salva de aplausos, risas y parabienes saludaron la entrada en escena de Monsieur M.

Qué quieren que les diga, pero uno no puede hacerse pis en los pantalones por una nimiedad, cuando todo el acto ha de ser perfecto.

 

Al terminar el evento, nuestro equipo recibió felicitaciones de todos; recuerdo especialmente afectuosas las del presidente, que había quedado entusiasmado. Una muy inteligente y conspicua colaboradora suya que se ocupaba de los Recursos Humanos, se me acercó y me dijo: “Genial, José Ángel, genial: pero sigo sin explicarme cómo has logrado sincronizar la llamada de teléfono con la presentación del director. ¡Ha sido una pasada!”

 

No soy capaz ahora de poner en pie si este comentario laudatorio obtuvo posterior reflejo en la prima anual de desempeño, pero sí que sirvió para fortalecer mi capacidad de adaptación a lo aleatorio. Y ser algo más comprensivo con lo es una recurrente manía de muchos: buscar excusas a la cosas que no salen bien.

 

Y esto nos lleva al golf, como podría conducirnos a cualquier actividad de los hombres, donde lo sorprendente no es que las cosas se tuerzan, sino que los planes salgan como habíamos pensado.

 

Con el permiso de un amigo y socio de mi Club, Juan L. “Rodilla de Titanio”, me apropio de frases que él tiene escuchadas en tantos partidos. Son palabras que salen de la boca de jugadores de golf cuando fallan un golpe en el green, muy cerca del hoyo.

 

El más común de los comentarios es el muy escuchado “no, hombre, no” dicho por el jugador que tiraba un putt por la izquierda del hoyo y ve, con singular frustración, que la bola opta por caer a la derecha alejándose del hoyo. “No, hombre, no” resume a las mil maravillas la reacción universal ante la propia torpeza en la lectura de la realidad, sea la caída de un green o la nobleza de un socio.

 

El anterior reproche a uno mismo puede verse superado por su propia versión “intelectual”: “pero hombre, si tú sabes tirar estos putts”. Uno mismo, sobre todo si es amateur de golf, tiende a pensar que sabe más de lo que realmente sabe. Y aquí es de exacta aplicación aquello de que no hay mejor negocio que comprar a uno por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale. Aunque en golf no siempre será fácil encontrar comprador.

 

Otra versión escapista de la propia responsabilidad en golf, me la contó Rodilla de Titanio que la escuchó directamente de labios de su protagonista con quien jugaba un partido. Aquel hombre tiró un putt relativamente sencillo, pero la bola se quedó a unas pulgadas del hoyo sin llegar a caer en él. Y, ¿de quién fue la culpa? Pues, del fabricante de la bola. “Claro… es que a mí las Top-Flite no me corren”.

 

Mire usted, la marca no tiene nada que ver con la velocidad de la bola; en términos generales, para usted una bola Top-Flite corre más o menos lo mismo que una Titleist, una Srixon o una Bridgestone: un amateur no puede, honradamente, apreciar ninguna diferencia.

 

Pero si es original echar la culpa al material, no tiene desperdicio pasársela al campo. Una dama con la que tuve la dicha jugar la otra tarde falló un putt de poco más de un metro y enseguida saltó. “Vaya, es que el hoyo está mal puesto…”

Señora: el hoyo es como Sevilla: está en su sitio. La que está mal puesta en el stance es, con todos los respetos, usted misma.

 

Reconocer los propios errores, dicen los que saben, es el primer paso para no repetirlos.

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