marzo 12, 2020

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Marcelo Barba

A partir de lo que voy a escribir, seguramente obtendré la antipatía de algunos lectores, pero prefiero ser sincero y decir lo que pienso antes que cualquier otra cosa.

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Voy a ingresar a una zona difícil, sobre todo porque reconozco que vivimos en un mundo cambiante y acelerado, donde todo parece ser cuestionable y reformulable, hasta lo dogmático.

Digamos que a veces, las cosas se nos presentan como raras, pastosas, cambiantes y parece no parar…

Los tiempos ya no son los mismos, diría mi abuelo…

Ahora yo le agregaría que algunos conceptos, símbolos y situaciones que parecían bastante sólidas, se vuelven gelatinosas. Los hombres se casan con hombres; las mujeres llegan a ser madres sin tener sexo; los límites (sólo culturales) también se vuelven borrosos; nada en estos días que vivimos hace que pensemos en estructuras estables, por el contrario, la constante más sólida que conocemos es el cambio continuo.

Vivimos y nos movemos en medio de un gran paradigma (es más, diría que somos protagonistas de primera fila), que nos exige cambiar los ‘moldes’ viejos. Deberemos entender y tratar de convivir con nuevos códigos. Pero… aunque así sea, no quiere decir que tengamos que aceptarlos instantáneamente sin analizarlos un poco, digo, o mínimamente tantear hacia dónde nos estamos yendo…

Sin perjuicio de lo que diga, de ahora en más, deseo dejar claro a los lectores que no estoy en contra ni a favor de ninguna discriminación o exclusión, ni por sexo, ni edades, ni por religiones, colores o inclinaciones personales, dentro o fuera del Golf o de cualquier actividad; no soy de esos…ni me considero tan primitivo.

Cuando comparto una ronda de Golf y conozco a nuevos jugadores, nunca consulto ni me ocupa siquiera una neurona, saber si son musulmanes, cristianos, judíos, de river o de boca… ni me importa conocer si son homosexuales o hermafroditas, ingenieros o bomberos; menos aún si son ricos, famosos, reyes o menesterosos… sólo me interesa en todo caso, que sean honestos y respetuosos del Golf y de sus circunstancias, nada más… ni nada menos.

Al decir esto último, lo de honestos y respetuosos, quiero afirmar que a pesar de los años que pasen, de lo cambiante del mundo y de todo eso que dije arriba, mi propia estructura mental respecto del Golf, seguirá siendo sólida y aferrada a las mejores costumbres y reglas que protegen a la disciplina, desde hace siglos y hasta hoy, por lo menos.

Para mí y para millones de golfistas, la disciplina y dogma que cubre y da protección a este querido deporte es una coraza tan sólida y visible como un faro que marca el rumbo en una noche cerrada. Es como un punto de referencia (uno de los pocos que nos quedan) que inclusive va más allá del Golf.

Es por ello que existe un conjunto de normas básicas interesantes, referidas a las reglas de juego propiamente dichas, otras de índole ética, vestimenta, comportamiento y respeto; que para algunas personas parecen y de hecho lo son, un compendio de temas básicos, elementales, cándidos y hasta ingenuos; pero tienen que decirse claramente, deben ser escritas con precisión y estamos obligados a cumplirlas cada vez que nos convoquemos a vivir un rato de Golf…

Unas semanas atrás tuve la particular ocasión de salir a jugar con una pareja de golfistas desconocidos, pero amigos entre sí. Homosexuales. Muy educados, correctos en su vestimenta y diplomáticos con sus comentarios.

Nos presentamos, cambiamos tarjetas y nos dispusimos a recorrer 18 hoyos en un día fenomenal de sol y brisa que anunciaba la llegada de la primavera.

Al comienzo no me llamó la atención, pero luego del hoyo 4 noté que uno de mis acompañantes festejaba con su amigo, cada vez que hacían un buen golpe, con un chasquido de sus palmas y un beso… un sonoro pico (como decimos los argentinos cuando nos besamos en la boca con sólo apoyarnos los labios).

No voy a mentir diciendo que no me sorprendió el ‘pico’, simplemente sentí curiosidad y sorpresa por tratarse de dos hombres, más aún cuando uno de los dos -más adelante- metió un increíble putt desde 8 metros y volvieron a festejar… pero con un beso de telenovela, húmedo y profundo.

Deben haberse sentido inquietos por mi pausa y observación, porque enseguida uno de ellos me miró y acotó sin temor a mi reacción, que ellos eran novios y siempre festejaban de ese modo…

Aproveché sin embargo la ocasión para iniciar una charla interesante sobre el tema. No me lo iba a perder…

Les dije que si bien era la primera vez que presenciaba una manifestación homosexual en Golf, por más que se tratara de un acto de genuina simpatía y amor, no estaba de acuerdo con la muestra de afecto; aclarándoles que tampoco estaría de acuerdo en que me acompañara un religioso portando una cruz y rezando en cada hoyo, o un fanático de fútbol envuelto en una bandera de su equipo favorito…

Esto que les digo va mucho más allá del tema sexual, les señalé; simplemente no apruebo la manifestación pública de una circunstancia que puede causar rechazo, olvidándonos de las compañías que puedan compartir el momento de juego y desconcentrase. Le hubiera dicho lo mismo a una pareja heterosexual, no pasa por tal condición.

Ambos se disculparon y me ofrecieron dejar de jugar, cosa que rechacé de plano diciéndoles que eso precisamente no era lo que debían hacer (autoexcluirse), ya que no me incomodaba jugar ni trabajar o desarrollar cualquier otra actividad, con quienes piensan, actúan o profesan formas diferentes a mi propia formación cultural… que no me consideraran un primitivo, pero sí una persona ubicada en lo que se hace, en dónde se lo hace y cómo se lo hace.

El hecho de que comparta mi tiempo de distracción con homosexuales, no me causa incomodidad alguna mientras que dicha relación no se manifieste de forma desubicada… mi condición de sexualidad (sea cual fuera) no me obliga en modo alguno a tener que demostrarlo frente a los demás, para que éstos lo adviertan o para que se sientan ‘incómodos’, ese es el punto.

Hablamos bastante durante el resto del encuentro, aprovechando la ocasión para cambiar opiniones sobre las normas de “ética”… llegando a veces a la conclusión, que muchas de esas reglas deberían reformularse, porque están desactualizadas con el tiempo o porque no queda muy claro quién es, en definitiva, la persona o institución que ostenta poseer la verdad revelada sobre tal o cual tema.

Y es verdad; porque como ejemplo, nadie tiene la autoridad como para decirles a los golfistas qué tipo de ropa utilizar (cuando se aborda el tema de la vestimenta ‘de rigor’). A pesar de ello, siempre les digo a mis amigos que si tienen dudas respecto de la formalidad de su ropa… lo observen al profesional John Daily que es un muy buen parámetro.

Lo que pasa es que hay límites mentales, que se arrastran desde hace siglos; viejas costumbres que llegan desde la flemática y diplomática sangre inglesa y elementos ‘sociales’ (que no comparto) que se siguen manifestando en el Golf (como en el tenis, por Ej.) que intentan marcar de una manera discutible por cierto, la pertenencia a una determinada ‘elite’, que se sentiría ofendida si algún golfista jugase en traje de baño, con el torso desnudo o descalzo, disfrutando a pleno del pasto, de la arena y del sol…

Las reglas que no cambian ni se actualizan en ese sentido, sin embargo, le otorgan cierto halo de protección a lo dogmático con el único fin de que la disciplina perdure en el tiempo, a pesar de los cambios que el hombre le impone con sus supuestos adelantos.

Esto es comparable (con cierto respeto) a lo que sucede con las religiones, con sus máximos representantes y con aquello que se considera dogmático, frente a las demandas populares más obvias y vigentes tales como la aprobación del aborto, del casamiento de sus representantes, de los divorcios y las nuevas uniones, etc.

Hasta no hace mucho tiempo atrás, a las mujeres no se les permitía ingresar a los templos con cierta vestimenta que para esa “época” resultaba provocativa, y que a la luz de la moda actual generaría carcajadas hasta en nuestros niños por lo ridículo de la prohibición…

El Golf en ese mismo sentido, tiene la flexibilidad de una piedra.

Para que una sola de sus reglas cambie, se reemplace o mínimamente se modifique, deberán pasar años de discusión parlamentaria y lograr la aprobación de las más importantes, honorables y antiguas instituciones rectoras. Pero a pesar de ello, nada indicará una tendencia positiva ni tampoco, que se producirán los cambios esperados. Seguirá siendo el mismo y viejo faro, encendido sobre las mismas rocas, indicando un único y sólido camino para quienes en definitiva deseen aceptarlo así.

Volviendo al día del encuentro, quedamos muy cómodos y conformes los tres; compartimos un excelente partido de Golf y seguramente volveremos a vernos en algún otro link. Sólo espero que hayan entendido el motivo real de mi rechazo, que no pasa ni cerca del tema sexual sino de la incomodidad que eventualmente uno puede generar en el otro, haciéndolo partícipe de una circunstancia que puede no querer compartir, como sucede en cualquier otro orden de la vida.

Que tengan buen Golf y hasta la próxima…!!

Marcelo H. Barba

 

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