enero 9, 2020

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Marcelo H Barba

 

Estar preparados para asumir un nuevo plano de desafío es fundamental, pero no dejemos que el miedo o la vergüenza nos frenen nuestra voluntad para abordarlo.

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Créanme que uno nunca se sentirá al 100% listo, sino hasta que comience a hacerlo.

Como muchas personas un día me empezó a atraer el Golf. De aquel día ya pasaron más de 30 años.

Como curioso también, una vez me decidí a probarlo y a tratar de entenderlo desde sus reglas y su práctica.

Luego de una importante cantidad de horas, pelotas, libros, revistas y algunos pesos invertidos en profesores, comencé a sentir la necesidad de ‘salir al campo’. Jugar de verdad, aunque más no fuera un partido inicial de nueve hoyos. Tenía que recorrer una cancha y estar mano a mano con un verdadero campo de Golf.

Sin advertirlo estaba inoculado con ese ‘bichito’ que muchos identifican en el inicio del fanatismo, como una línea imperceptible que cuando se la cruza nunca más nos dejará regresar, ni borrar de nuestra mente a esta hermosa disciplina que (gracias a Dios) terminaremos abrazando por los próximos cien años, o más…

Sin embargo, queridos golfistas (hablo para los que recién están a punto de pisar un campo de Golf), yo también en su momento pasé por ese raro ataque de miedo escénico; y como dije al principio, sentí que ‘algo’ me frenaba y no podía comenzar; estaba prácticamente listo, pero congelado, como esperando algo que jamás llegaría.

Les confieso que a pesar de los 30 años que llevo practicándolo, todavía siento una sensación de cosquilleo en el estómago cada vez que me paro en el tee del primer hoyo, a punto de iniciar una partida. Dicen que es adrenalina, en fin, pero de cualquier manera necesito unos segundos para estabilizarme y concentrarme en mi primera ejecución… luego (a minutos de la caminata diría) comienzo a aflojarme, a disfrutar y a ser consciente de lo que me rodea, del día hermoso, de las compañías y de mi propio juego.

Eso es placer, independientemente de qué tan bien o mal me vaya con el score.

Nunca podremos esperar (ni en la vida misma) a estar 100% preparados para comenzar, es como una constante, porque cuanto más aguardamos más inseguros estaremos, menos practicaremos nuestras posibilidades reales y nunca acumularemos las valiosas experiencias que –en definitiva- son las que nos hacen crecer.

Al tiempo de jugarlo descubriremos (además de aprender algunas técnicas), que sin querer también accederemos a otros niveles de aprendizaje desde el lado humano. Hablo de la apertura mental que se nos producirá cuando nos enfrentemos a nosotros mismos, Esto es como un espejo, que reflejará lo que somos, con mucha exactitud y crueldad, pasaremos por situaciones de derrota y de triunfo que inevitablemente nos llevarán a identificar nuevas sensaciones; atravesaremos por actos de humildad y de honestidad que deberemos practicar y detectar en los demás, en fin, es como un “tercer ojo” que nos servirá hasta para con nuestra propia vida.

Se asombrarán con el tiempo, entre otras cosas, cómo se puede llegar a conocer y a saber más que cualquiera sobre la educación, integridad, tolerancia y miserias humanas de quien nos toque en suerte como acompañante.

Por fin después de un tiempo, este último sábado sentí algunas sensaciones de temor parecidas a las de mi comienzo, es decir, me animé a jugar 15 hoyos sin que mi rodilla se quejara ni molestara demasiado. Fueron casi 4 meses de abstinencia por una segunda operación tratando de salvar una articulación muy deteriorada.

Comencé despacio, con cautela y a medida que caminaba, sentía más confianza y placer por volverme a encontrar con mis amigos y una hermosa cancha que parecía darme la bienvenida… aunque no precisamente permitiéndome hacer un buen score (tampoco me lo propuse), sino dejando que la disfrutara en todo su esplendor…

Por las dudas les advertí a mis compañeros, para que no se sintieran molestos por la retirada, que probablemente jugaría sólo 9 de los 18 hoyos, pensando que podría aparecerme alguna molestia en esa pierna.

Para colmo la izquierda… porque (soy diestro) es la que se aguanta el giro y la transferencia de peso al golpear; sobre la que intentaría girar -en el ‘finish’- y quedar con el ombligo apuntando al objetivo… o al menos en pura teoría; con una articulación que seguramente no aguantaría el giro mientras el pie quedaba sólidamente fijado al piso.

No tardé mucho en advertir que tendría que regular todo (o comenzar de cero), tratando de compensar la potencia que perdí usando más a los brazos y las manos; cosa que no es tan fácil cuando no se lo practica antes con cientos de pelotas y en un campo de prueba.

Pero a pesar de todo… señores y señoras ahí estaba, jugando Golf y con amigos !!! Alucinante.

Como soy humano y cabeza dura, lógicamente no hice todo bien. En algunas ocasiones y ejecuciones me olvidé de mis limitaciones y me ‘enrosqué’ más de lo debido.

Resultante: a la altura del 15 (cerca del bar) tomé la decisión de suspender y buscar una posición de descanso para mi gastada ‘pata’, que ya me enviaba señales de molestia. Pero no me quejé, había aguantado más de lo pensado…

Mientras caminaba hacia el bar pensaba en dos cosas, en lo magnífico que fue descubrir en esta disciplina, la magia que siempre me permitió adaptarme a cualquier límite (físico y psíquico). Pero además, analizaba el tema del tiempo…

Hablo del tiempo y de los años, respetados lectores; del tiempo que pasa y de los años que se nos acumulan sin que seamos enteramente consientes del proceso. Creo que a cierta altura de la vida no es sabio ni tan inteligente insistir con ciertas exigencias físicas que ahora sólo podremos imaginarnos, ya que cuando nuestro cerebro le ordena a los músculos que respondan a determinado estímulo… esa orden parece no llegar a destino, o acaso no llega en el tiempo preciso.

Lo más duro tal vez no es físico, sino aceptar la indulgencia y tolerancia para con nosotros mismos; tenemos que aprender a administrar la supuesta molestia que le causará a nuestro amor propio. Pero a pesar de ello lo agradezco; porque es otra lección que nos ofrece el Golf para la vida. Y definitivamente es bueno.

Si hace unos años, supimos desarrollar un swing que nos permitió alcanzar e inclusive superar las 200 yardas, hoy deberemos aceptar con placer la idea de ejecutar con más suavidad y menos potencia, pero también alegrarnos porque seguimos caminando por un campo y porque la precisión no se vio afectada… Sigamos cosechando placer.

Ese es en definitiva el fantástico e inagotable sistema de equilibrio que nos propone el Golf, así que nunca jamás dejen de jugarlo, ni de comenzar a jugarlo… a pesar de que nos parezca que aún no estamos al ciento por ciento listos.

Hasta la próxima y mis deseos de buenos scores y mejor comienzo para este fin de semana..!!

Marcelo H. Barba

 

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