diciembre 11, 2018

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Marcelo Barba

Promediaba el hoyo 11 y en realidad no había ejecutado un tiro ‘tan’ malo, simplemente apunté allí y salió
precisamente hacia allí… hacia las raíces de ese añoso, gigante y hermoso árbol a un costado del fairway.
Una pena, pensé, porque hubiera sido un buen tiro…
pelota
Bastante molesto, me dirigí a preparar la próxima ejecución, rumiando pero a la vez esperanzado en que,
con un hierro 7 podría volver al pasto y recuperar la compostura para afrontar el resto del hoyo, desde
unas 90 yardas, quizás más.
Dejé mi bolsa a unos metros del árbol y me fui agachando entre unas ramas hasta donde suponía estaba
escondida mi pelota, pero ya llevaba en mis manos el hierro siete. (Primer error)
Sin advertir ni observar con mayor detenimiento el asiento de la pelota, me preocupó más la altura de
ciertas ramas que me impedían realizar un swing completo, con lo cual, tomé el palo más corto y le pegué
con todas mis fuerzas. (Segundo error…)
Alcancé sólo 40 yardas… con la cabeza de mi pobre hierro 7, que se desprendió de la vara cuando impacté
de lleno a una de las raíces del gran macizo (que parecía reírse de mis resultados); y me temblaron hasta
los dientes postizos…
Acababa de asistir una nueva lección de Golf, en vivo, con mi propia persona y con mi ‘ex-hierro7’.
Qué aprendí:
Primero, que antes de ir tan decidido a pegar un tiro, tomando automáticamente el palo que
‘supuestamente’ creía me ayudaría a recuperar la situación, nunca debí dejar la bolsa sobre el fairway (por
vago y por creer que ese era un tiro más), en cambio, debí haberme acercado hasta la pelota con todo el
equipo y recién allí tomar la mejor decisión sobre qué palo utilizar…
Esto es Golf amigos, y nada se puede dar por supuesto, ni conocido, ni superado; cada golpe es diferente al
que ‘creemos’ dominar. Pero de todo se aprende.
Segundo, antes de impactar una pelota en las zonas cercanas a cualquier tipo de árbol, tendría que
haberme asegurado (más allá de poder realizar un swing completo) si el asiento donde reposaba la misma
era bueno, sobre todo, porque podría descansar justo detrás de una hermosa y gruesa raíz disimulada y
bien tapada con otras hojas, pero me ganó la ansiedad… y lo pagué caro.
Salí debajo del árbol empuñando una vara descabezada y tratando de encontrar la otra parte que había
volado junto con la pelota… las encontré a ambas y traté de borrarme el episodio, aunque no pude.
Para no aburrir a nadie, diré que no fue mi mejor día de Golf. Esa imagen me persiguió hasta el 18.
No obstante lo desventurado del episodio, confieso que aporté una cuota de alegría para los amigos que me
acompañaban en la vuelta, ya que no pudieron aguantar sus carcajadas y bromas sobre mi vehemencia
(que obviamente compartí durante y después del encuentro, pero sin mi 7…)
Qué debí hacer y no hice..?: a) Llegar a la pelota, verificar que efectivamente era mi pelota; b) Calmarme;
c) observar todo lo que podía, incluyendo las raíces y demás elementos que rodeaban a la misma (quizás
pudiendo limpiar mejor la zona que rodeaba a la pelota, evitando moverla); y d) recién ahí elegir el palo
más adecuado para quitarla, sin la intención de ganar más distancia de la que necesitaba… Esta breve
rutina me hubiera ayudado por ejemplo, a seleccionar el putter (sí… un putter) para sacarla hacia un
costado, evitando la raíz pero alejándola lo suficiente de la zona de riesgo.
Estimados golfistas… creo que cuando uno ejecuta un tiro -no tan bueno- y, lamentablemente termina con
su pelota pegada a un árbol, tiene que mentalizarse (prepararse mientras camina hacia ella) que ese
simple hecho hará que perdamos mínimamente una ejecución, ya que será poco probable, salvo que se
arriesguen a quebrar la vara del palo, que podamos recuperarnos de esa zona ciega y complicada hasta
para hacer un swing; lo más importante en todo caso, será calmarnos, respirar 2 o 3 vece con profundidad
y resignarnos, cualquier otro tipo de reacción ‘intempestiva’ nos ayudará a cometer errores, a sumar golpes
y furia…
Mis deseos de buen Golf, con muchos amigos; pocos árboles en el camino (y que cuiden mucho a sus
palos).
Hasta la próxima
Marcelo H. Barba

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