septiembre 17, 2019

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Marcelo H Barba

Cada golfista que lea esta nota, recordará quién o quiénes fueron sus mentores en esta disciplina; lo hará con respeto y con cariño, por haber sido personas tan nobles, pacientes y perseverantes que modificaron positivamente parte de nuestras vidas.

Unknown

Con las clases de Golf pasa algo interesante…

No todos los golfistas están dispuestos a ‘invertir’ parte de su tiempo y algo de su dinero en este compromiso. O se manejan de una forma ‘autodidacta’ o prefieren tomar clases guiados por un profesor sólo cuando no quedan opciones, sea para corregir un vicio, error o reeducar algún músculo averiado…

Con los años (le encontré una cosa buena a mi edad…!) diría que me resulta más fácil identificar a quiénes se formaron con o sin la ayuda de un buen profesor, ya sea por la ortodoxia en el estilo de su swing; del grado de precisión de sus ejecuciones o por el respeto y conocimiento de reglas básicas, sobre todo las de respeto y cortesía.

Mi primer profesor (tuve la suerte de encontrar a uno excelente) cuando lo conocí, luego de mis primeras consultas sobre el costo y la cantidad de ‘clases’ que necesitaría para jugar bien al Golf, lo primero que me dijo fue que él no enseñaba Golf en 20, ni 30, ni en 100 clases… que tampoco me garantizaría que jugase bien en el futuro; y que él mismo, con sus setenta y pico de años, hoy seguía aprendiendo Golf cada día de su vida…

Aprender Golf tiene un sentido que va más allá de conocer las técnicas. Lo primero que uno se imagina es lo básico: cómo pararse, cómo tomar el palo, cómo subirlo y bajarlo, en fin…; también creemos que deberemos estudiar una larguísima lista de reglas, que irónicamente jamás entenderemos mientras nunca lo juguemos; etc., etc.; pero lo que nunca aprenderemos solos, sin la ayuda de un buen profe, es su ‘esencia’, su forma de entenderlo, vivirlo y compartirlo.

Mis recuerdos del profesor que me educóen Golf, un ser inolvidable por sus enseñanzas (que no se relacionaban tanto con el Golf), el que más arriba dije que a sus 70 y pico de años continuaba aprendiendo…, cuando me presenté y nos conocimos, comenzó a estudiarme más profundamente. Era un señor profesional en todos los aspectos (en su juventud hasta llegó a ser caddie del gran maestro Roberto De Vicenzo).

Rápidamente supo entender mis fortalezas y debilidades, sin decirle nada y con sólo observar mi primer intento de swing se dio cuenta que ‘venía del tenis’; me consultó sobre mi vida, qué hacía, a qué me dedicaba y qué pretendía con el Golf; durante muchos meses de instrucción también compartimos anécdotas de ambas familias, historias de un Golf que no conocí sino a través de relatos y viejos escritos, donde él fue un buen protagonista y mejor referente; hablábamos de sabrosos vinos, de raras comidas y de momentos de la vida divertidos y de los otros, los que dejan sabor amargo…

Me aconsejaba desde la humildad y por sobre todas las cosas desde el respeto por la gente, por este maravilloso deporte y por el cuidado de la naturaleza y esplendor que cada campo nos regala en cada ocasión que lo practicamos.

Al principio creí que estaba perdiendo el tiempo (y mi dinero), pero a las pocas clases advertí que “Alfredo” (así se llamaba) no era sólo un profesor de Golf… se trataba de un maestro de la vida, por lo menos para mí.

Cuando íbamos a practicar algunos tiros al ‘driving-range’, además de enseñarme lo tradicional que todo alumno debe conocer, se tomaba unos minutos ‘extra’. Nos deteníamos y me hacía mirar. Sí señor… sólo observar a mí alrededor al resto de los jugadores que practicaban o tomaban clases, como yo en ese momento. Luego mientras tomábamos un refresco me preguntaba qué había visto.

Obviamente terminaría corrigiéndome, porque no veía lo mismo que él, pero no le importaba y me decía que todas esas imágenes que vi en ese lugar no eran de Golf… Que lo que en realidad mirábamos eran personas medio maniáticas que pretendían incendiar sus pelotas en vuelo con la potencia que le imprimían a sus tiros, la mayoría ejecutados con drivers, maderas, hierros largos… y a cualquier parte.

Continuaba: “Esto es lo mismo que yo pretenda enseñarte cirugía cerebral y ponga en tus manos un hacha o un serrucho…” “El Golf es sutil, preciso, cada vez que lo juegues es como tratar de conquistar a una mujer… sin estridencias ni brutalidad, pero con resultados contundentes”.

Aprendí (gracias a él) que un buen swing, los grandes tiros, la maravillosa potencia y la imprescindible precisión deben complementarse –de forma inevitable- con la esenciadel Golf, que proviene del ejercicio que casi nadie hace con la otra parte: con su mente, y que ésta además, se nutre de muchísima concentración; de horas de lectura, de muchas más horas de pura observación, de ejercicios de humildad para aceptar los fracasos y los pocos éxitos que cosecharemos… y por sobre todas las cosas, de aprender a conocerse a uno mismo, lo más difícil… (Debería parecerse a un arte marcial)

Alfredo me enseñó y educóen Golf y de paso, a cómo ejecutar sus tiros…

Por estos motivos es que, cada vez que algún amigo, compañero o conocido que comienza a jugar me consulta si conozco un buen profesor para recomendarle… termino por referenciarles algunos amigos del viejo Alfredo (ojalá que todavía queden vivos) que quizá conserven el ‘estilo y talento’ didáctico de aquel Don Alfredo que conocí.

Para quienes dicen que el Golf es costoso, comparándolo con otros deportes como el fútbol, natación, tenis, etc., desde el punto de vista de la instrucción les digo que sí; mucho más que cualquiera de esas otras actividades deportivas, porque además de sus elementos (que en términos objetivos no son caros) existe este componente del entrenamiento y enseñanza con un buen profesor que, a diferencia del tenis por Ej., es inevitable. Toda vez que con tener una raqueta, algunas pelotas, y alquilar un par de horas una cancha, cualquiera puede acceder, divertirse y pasar un buen rato peloteando frente a otro oponente de similares experiencias.

En Golf es literalmente imposible pretender salir a jugar a un campo sin conocer sus reglas, ni tener una vaga idea de las distancias y potencias de cada ejecución, de sus límites, de los riesgos y cuidados con los otros jugadores, ni de la ayuda concreta de un profesor. De hecho, aunque no esté de acuerdo con esto que digo, muchas canchas no dejan ingresar a jugadores sin hándicap ni permiten que golfistas novatos la recorran para una práctica.

Estoy casi 100% convencido que la mayoría de las desavenencias entre jugadores (que conforman una misma línea de juego), proviene de un origen muy claro: el desconocimiento básico de las reglas; de las multas a aplicar por infracciones; de la falta crónica de ética, honor y cortesía en el juego; de la deshonestidad; del cuidado por el medio ambiente y de las malas condiciones en que se dejan los elementos en una cancha. Sin embargo, con el apoyo, la instrucción y un buen diálogo con nuestro profesor, nada malo debería suceder.

En próximas ocasiones intentaré escribir sobre las innumerables experiencias y conocimientos que oportunamente me fueron transmitidos por este profesor (ojalá pudiera asimilarlos todos y ponerlos en práctica, pero no me alcanzará la vida)…

Como todo, habrá que esperar ‘el’ momento preciso, la maduración mental y la ocasión justa para aplicar aquello que nos enseñaron; hasta que podamos advertir por nosotros mismos que la Vida y Golf –el Golf y la Vida- tienen muchas similitudes entre sí.

Que tengan la misma buena fortuna que yo tuve para encontrarse con un excelente Profesor y Profesional de la vida… y como siempre: Mi deseo de buen Golf para todos, junto a sus mejores amigos..!!

Marcelo H. Barba

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