noviembre 13, 2019

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 Marcelo H. Barba

Después de explicaciones, idas, venidas, profesores… e instrucciones, no me quedó otra que abdicar en mi intento de convencerla para que jugásemos juntos.

chica

En realidad hice un esfuerzo y hasta conseguí un buen profe, pero como a mi esposa no le atraía el Golf era casi imposible persuadirla, sobre todo, por lo que significaba su decisión en términos de compromisos horarios, de prácticas y algunos cambios de hábitos (alejarse un poco de sus amigas precisamente los fines de semana, cuando podíamos dedicarle horas a la práctica y al juego). 

Tan romántico lo mío, que en algún punto llegué a pensar que la convencería… que quizás podría hacerla vivir las mismas situaciones y tal vez (si Dios me ayudaba) hasta lograría fanatizarla… pero me equivoqué. Me resultó más difícil que bañar al gato con jabón…

No obstante -siendo sincero- ella aceptó tomar unas pocas clases con un profesor que se caracterizaba por su tremenda paciencia con las mujeres. Pero tampoco él tuvo éxito, así que insistí con bañar al gato…

Me pareció que en las primeras dos o tres clases ‘arrancaría’, pero enseguida decayó su interés y se transformó en displacer. Por un lado me sentí contrariado, pero por el otro tranquilo con mi conciencia, porque había puesto algo de esfuerzo para que fuera mi compañera de fanatismo…

Obviamente no supliqué… Cada cual se focalizó en sus objetivos y en divertirse con lo que eventualmente hacía y disfrutaba. Todo terminó con buenos resultados para ambos: Cero problemas para mí y más contenta la señora sin Golf.

No obstante, me pareció oportuno analizar alguna de las razones por las cuales el Golf no es ‘tan’ atractivo para las mujeres y en cambio sí, produce altos niveles de fanatismo en los hombres.

Para ellas, llegué a conclusiones extremadamente ‘machistas’ (según las apreciaciones que recibí de mis hijas y mi esposa: tres contra uno…), aunque a mí mismo me resultaron lógicas y de alguna forma no ofensivas.

La primera y pequeña diferencia que advertí, es que a ‘Ellas’ no les apasionan tanto los “ritos”. Ello es, las rutinas preparatorias y pos-deportivas que hacemos y provocamos en cada encuentro con nuestros amigos (en Rugby, Fútbol, Tenis, Golf…etc.).

La segunda señal distintiva es, que nosotros intentamos reservarnos unas horas semanales exquisitas para nuestros encuentros, como si fuera un pequeño y humilde premio personal, donde aparecen esos ‘ritos’ pos-deportivos donde armamos un ‘mini festejo’ por cada partido. Ritos que las mujeres aún no pueden comprender al 100% o no los viven con la misma intensidad y pasión que nosotros.

La mujer, en términos generales, creo que siente una inquietud cuando no puede interpretar ni intervenir en ellos, sobre todo, porque nosotros los consideramos como pecados-sagrados (permitidos). Son esos ‘extras’ que generan nuestros finales de encuentro.

Como dicen ellas, se trata de reuniones egoístas, de hombres con hombres… En alguna medida hasta parecen infantiles; pero yo le apunto más a una actitud lúdica; parecida a la de aquellos chicos escolares, cuando nos fastidiaba la presencia de mujeres en nuestros juegos, pero ahora creo que las que no quieren sumarse al equipo de pleno disfrute, son ellas.

De adultos, esos momentos lúdicos –para nosotros- se reivindican con los que se disfrutan antes, durante y después de un partido de fútbol, Golf o de cualquier otra actividad; ya sea en las acciones preparatorias para llegar a la cancha, dentro de la misma o a la salida, en esa ‘dudosa’ parrilla de la ruta o en la pizzería de algún barrio donde coronamos cada final de cualquier encuentro, con una memorable ‘grande de mozzarella’ que huele y sabe a manjar de Dioses.

Cortos encuentros semanales, tácitamente pactados, indisolubles, profundos, vividos a pleno, que se hacen en el bar de cualquier club, al terminar un partido de Golf, como algo tan esperado, inevitable e idealizado.

Quizá es por ello, es decir, por esas ‘locas’ reuniones nuestras, que se nos dispare esa atracción extra en el Golf.

Porque en esos momentos nos comportamos como si fuésemos amigos de toda la vida, no tenemos conductas pre-armadas, ni inhibiciones, flotamos en un clima especial donde se hace difícil explicar y hacerle sentir a una mujer lo que sentimos al 2000%.

Imagino que ellas podrían llegar a opinar, sugerir o mínimamente mirar demasiado a nuestro ‘querido gordo’ que se come 3 súper salchichas con mostaza; o al que se abraza a un “chori” con picante-pólvora; o al que pide un tradicional “Vermut” con rodajitas de salame, queso y papas fritas; o al que se fuma un oloroso y tremendo habano que no pudo encender ni a dos cuadras de su casa… o al que se tragó una Gin-tonic doble y pide otra.

Para ellas, lamentablemente, todo eso es y será… una verdadera asquerosidad machista.

Con la participación de las mujeres, quizás también cambiaría el lugar que normalmente elegimos (aunque no tengamos ninguno preferido) para nuestros encuentros… o sea, cualquier sitio que nos sorprenda y ofrezca la ‘espontaneidad’ que merece cada momento.

Ellas ingresarían a ‘ese’ sitio (de comidas o bebidas) con cara de asco… con gesto de oler aire de establo cerrado desde hace meses.

Infructuosamente intentarían encontrar un lugar para sentarse cómodamente. Y si lo lograran, pretenderán quedar alejadas del ruido, de los olores, de las miradas, en fin, tal vez esperando demasiado por algo que ahí precisamente nunca exista…

Probablemente, comenzaría la inspección de cada rincón; inexorable, lenta, exhaustiva, como el escaneo digital que hacía Terminator en la película… Seguramente opinarían sobre temas obvios: la mugre, el desorden, la falta de estilo y gusto, en fin, hasta le correrían escalofríos si no pudieran certificar que hay platos, cubiertos, vasos y servilletas, también analizarán su ‘asepsia’ como si estuviesen en un quirófano.

Y aunque no tengan ganas de ir, créanme que ejecutarán su infaltable ‘visita-inspección’ al baño… no olvidemos eso. Lo ‘patrullarán’ y regresarán con caras de haber presenciado un asesinato en vivo, diciendo lo que todos ya conocemos y oímos tantas veces… además de que no había toallitas ni jabones, para higienizarse correctamente.

En síntesis, desaprovecharán la invalorable oportunidad de disfrutar con naturalidad de un encuentro mágico y sencillo (creo que la espontaneidad, para un alto porcentaje de mujeres, es casi inexistente).

Los hombres en general, no intentamos ‘administrar’ las sorpresas. De alguna forma dejamos que esos momentos nos envuelvan con el mismo estupor que un empujón al agua fría, con todo lo que significa vivir y gozar el proceso de asombro e improvisación mismo.

Somos desestructurados en el orden de las cosas, en la extrema pulcritud y en el resultado final de los eventos. Lo importante, en todo caso, es que lo hayamos disfrutado como una aventura que recordaremos siempre.

Ahora que lo pienso más, sería interesante probar un ejercicio, aunque sea único: invitar a todas las compañeras de cada uno de los amigos golfistas a participar de uno de esos encuentros, en cualquier taberna, cantina o bar. Sin que lo adviertan, deberíamos filmar las caras que seguramente pondrán desde su ingreso al lugar hasta la salida del mismo… tal vez alguna vez sepamos qué opinaron y comentaron entre ellas, sería un argumento perfecto para reunirnos a cenar en casa y reírnos hasta la madrugada.

Mis deseos son que seamos menos ‘machistas’ y las invitemos (con disculpas a las damas que leyeron lo anterior y no lo soportaron); que sigamos teniendo excelentes partidos de Golf con nuestros mejores amigos y que podamos disfrutar entre todos una salida de la cancha con ellas (así comprenderían acabadamente todo lo que se pierden por no ser golfistas…).

Marcelo H. Barba.

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