mayo 9, 2020

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Marcelo H Barba.

Estoy en casa, sano, no me quejo… trabajo cómodamente desde aquí, junto a un termo, mi mate y algo pecaminoso para comer. Cada cinco minutos pienso en mi familia y me sube el nivel de ansiedad por no poder verlos ni abrazarlos… pero paralelamente nunca dejo de pensar en mi querido Golf.

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Me imagino la selva que debe estar creciendo en los fairways, el pasto y los yuyos hasta nuestras rodillas en los greenes; ya debe haber monos, gorilas, algunas jirafas y cocodrilos en los lagos… Desde hace más de un mes y a punto de cumplir dos… que nadie se ocupa de nada… (y quién sabe si no llegamos en ese estado a fin de año).

Obviamente todo esto le vino de mil maravillas a la naturaleza, que aprovechó la soledad para rejuvenecer con más fuerza que nunca… pero nosotros aquí, aislados del mundo entre las paredes de nuestra casa, que ya se parece a una habitación de clausura de un convento. No aguantamos más. No entendemos finalmente que este castigo dure tanto tiempo.

Porque salvo en los vestuarios y bares del club, no veo los motivos por los que –todavía- no se habiliten los campos para jugar, porque entre quienes lo hagamos, inevitablemente, mantendremos las distancias de ‘seguridad’ física que indican todos los protocolos.

Quizá la respuesta no sea complicada ni haya que buscarla en otro lugar más que por el personal de administración, de mantenimiento y seguridad, que cualquier campo debe mantener activo para atender las necesidades de los visitantes golfistas. Mucha gente que por lo general necesita viajar en transportes públicos y por su contacto físico inevitable se expone a un contagio y a su vez, a contagiar a otros.

Me imagino a los astronautas que irán a Marte, pobres tipos…  un año viajando encerrados dentro de una lata voladora.

No dejo de pensar en el día D del desembarco… y aunque no se trate de Normandía, creo que la llegada de miles de jugadores a las canchas de Golf se parecerá a aquellos soldados corriendo por la playa. Con lo cual sigo preparando mis cosas y mi mente…

Ya lustré los palos; lavé y le saqué brillo a su bolsa; el carro quedó mejor que cuando lo compré; seleccioné mis mejores y peores pelotas; mis zapatos parecen nuevitos, a pesar de los kilómetros que anduve… y ya no sé más qué hacer…

Casi les escribo a las marcas de Golf para que consideren una propuesta: que comiencen a fabricar barbijos “titleist” o con otro nombre, pero tengo fe que todo esto terminará antes que impriman el primer tapaboca.

Mi televisor no sabe que existe otro canal distinto al de Golf; ya vi todos los torneos conocidos y Tiger parece un pariente cercano de la familia… lo vemos en cada ocasión y ejecución. Falta que nos salude desde la tele…

Rompí un adorno –hermoso según mi esposa- haciendo prácticas de swing en el living de casa; pero era estratégicamente necesario. Tengo miedo de olvidarme cómo se hacía cada movimiento… ¿se seguirá jugando al Golf con pelotitas?

Me siento fatal; como imagino deben sentirse ustedes en sus propios distanciamientos; pero además (esto es lo más significativo) mis hijas, nietos y amigos no están conmigo, sólo charlamos y nos vemos en forma digital… esa es la gota que hace rebalsar la paciencia de esta soledad ‘material’.

Quizá (para terminar esta letanía) lo mejor será tomarnos este tiempo de inactividad física como si se tratara de un ejercicio mental. Fortalezcamos el intelecto, la sabiduría, la perseverancia y todas esas cosas que (supuestamente…) nos deberían ayudar a pasarla mejor ahora y cuando abran esa puerta que nos contiene.

Mis saludos y el deseo que podamos volver al Golf lo más rápido posible !!!  Y mientras llega formalmente la libertad, quedémonos todos adentro.

Hasta la próxima.

Marcelo H. Barba

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