por Marcelo Barba. mhbarba@gmail.com
Juro que la busqué y la busqué… no sólo eso, la vi meterse en el rought precisamente a la altura de la marca de las 100 yardas… (una estaca roja, clavada al borde del fairway, de unos 50 cm. bien visible).
Y ahí me detuve, revisando palmo a palmo la zona, en un radio de más de cinco metros pero no la pude encontrar. Me ayudaron mis amigos, que también la vieron caer en el mismo lugar, pero a pesar del ‘operativo rastrillo’, nadie supo más de mí querida bola blanca, marcada con una letra «M» de Marcelo (ó ‘W’ de Walter si se la mira de revés).
Luego de los minutos reglamentarios, a nuestro pesar pero reglamentariamente, le dimos paso a la línea que nos sucedía, sin dejar de buscar (entre los cuatro jugadores; que hasta hoy, jurarían haber visto caer mi pelota en ese sitio), pero terminamos retirándonos sin ningún éxito.
Con rabia y estupefacto por la desintegración instantánea del sólido-esférico-blanco, me fui caminando hacia atrás desandando las 150 yardas de un buen segundo tiro… sólo que al final de su recorrido, picó hacia la derecha de aquella marca roja de las 100 yardas al green.
Me resigné por la multa y por haber perdido una bola nueva, como si en ese borde hubiera existido un gran precipicio ó acantilado que se la terminó tragando.
Mis amigos me esperaron, buscando y tratando de entender la ‘desaparición misteriosa’, dado que la altura del pasto en ese lugar no llegaba a tapar totalmente una pelota, pero evidentemente no estaba.
Me indicaron que hiciera mi (cuarto) tiro, ya que todos habían ejecutado los suyos.
Seguimos y terminamos como siempre, riéndonos y disfrutando cada recuerdo y momento de ese sábado entre amigos. El tema de mi pelota había pasado al recuerdo y finalmente sería olvidado.
Domingo siguiente por la mañana.
Café mediante, nos distribuimos las tarjetas y nos fuimos a practicar unos minutos antes de salir…
Ese día había mucha menos gente que el anterior, así que jugamos con bastante agilidad, sin esperar a nadie por delante ni preocuparnos por las líneas de atrás.
Nada de lo vivido hasta ahí, hizo que recordase el episodio de mi bola perdida del juego de ayer.
Ni siquiera cuando jugué el mismo hoyo, dado que en mi segundo tiro fui a parar al lado opuesto, frente al lugar donde la había visto caer y desaparecer.
Pero la casualidad también jugó al Golf con nosotros.
Uno de mis amigos, de los tres mismos que me habían acompañado el sábado, se detuvo frente a la estaca de madera roja (donde misteriosamente mi pelota se había esfumado) para buscar la suya, que también por casualidad, había caído en la misma zona…
Levantó su mano haciendo señas a los demás, para que nos acercásemos a ver lo que él observaba…
A poco menos de 15 cm. de su propia pelota, descansaba otra pelota blanca, con la inconfundible letra M dibujada con marcador negro. Era mi pelota, la de ayer.
Tanto la de mi amigo como mi propia bola extraviada, se encontraban a un metro de la estaca roja, esa que nos sirvió de referencia a todos los que la vimos caer, a casi 24 horas del suceso…
Nos miramos los cuatro con cierta perplejidad. Sin entender qué cosa pasó, qué rara contingencia hizo que nadie pudiera verla ni encontrarla tan fácilmente…
Uno por uno pudimos haber jurado ante cualquier tribunal, que esa pelota ‘ayer’ no estaba ahí.
Pero era blanca, redonda, pesaba y se sentía como una pelota, tenía mi inicial, olía y sabía a pelota de Golf, en fin… hay cosas que pasan y no tienen muchas explicaciones.
La guardé como recuerdo dentro mi bolsa. Quizás alguna vez me encuentre con el Duende que la tomó prestada para su propia práctica y se la regale, para que la guarde junto a las que aún conserva de otros jugadores menos observadores.
Una de mis dos hijas, desde pequeña se interesó mucho por la temática de los Duendes y las hadas. Siempre leyó y estudió cosas referidas a historias ‘serias’ (respeto su dedicación al tema y le pongo comillas a la palabra seria, por las dudas…) hasta hoy sigue interesándose por el tema, a pesar de tener más de 28 años, continúa coleccionando muñequitos con ese aspecto fantástico; posee varios libros y sabe de viejas leyendas irlandesas, alemanas y europeas en general, donde aparecen estos diminutos seres mágicos haciendo alguna que otra travesura. Digamos que es una especialista en el tema.
Cuando le comenté lo que me había sucedido ni se inmutó. Me miró fijamente y muy seria me dijo que lo que pasó ese día, fue que, por algún motivo desconocido, yo había molestado u ofendido a un Duende ó al hábitat del mismo… o tal vez, se trató de una simple travesura.
Además me pidió la pelota para observarla más detenidamente (¿…?)
Le di un beso y le agradecí su ‘interpretación’ tan especial.
Eso fue demasiado…
Marcelo Barba.
P.D.: Olvidé buscar y darle esa pelota. Por temor, yo tampoco la volveré a mirar, no sea cosa que…




