mayo 31, 2012

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hechosdehoy.com

El golf puede llegar a tener cierto efecto de terapia social si sus protagonistas se convencen de que la importancia de ganar cede ante la de comportarse como buenas personas.

No quiero decir que haya conflicto de intereses entre el afán de vencer y el deseo de bien para el prójimo. Es un juego y se debe hacer todo lo posible por rendir, pero ello, como vengo sosteniendo en este blog, sin convertirse en un patán, en un maleducado o en una úlcera para los espíritus de los demás socios.

La lista de detalles que pueden tenerse en el golf llenaría algunas páginas de un libro. Muchos de estos gestos los hemos aprendido de nuestro profesor de golf. Otros, desde que éramos pequeños nos los enseñaron hermanos, primos, padres y maestros del golf y de la vida.

Sin embargo un desorbitado enfoque competitivo y otro, quizás más desahogado, mimetismo por lo popular, junto al generalizado terror a ajustarse a normas de comportamiento invocando una mal digerida libertad, han iniciado cierta pérdida del sentido de lo lúdico como espacio para enriquecer la convivencia y dignificar las relaciones humanas.

Hay algunas actitudes que podemos desterrar a nuestro derredor con un poco de ingenio y dos o tres carretas de paciencia. Una es la del que refunfuña todo el rato ante su mala suerte y vaga por el campo de golf como alma en pena. Normalmente suele coincidir con expectativas golfísticas que superan a su capacidad ordinaria. Nos cuesta admitir que en golf el fracaso es de ordinaria administración. Hacer más golpes que los debidos no es extraño y hacer muchos más que los deseados es una constante.

La realidad, también en el golf, no es otra cosa que el ideal venido a menos. El asunto de que un amateur no cumpla su par en cada hoyo y que se vea obligado a usar maderas en vez de hierros porque el Green es un horizonte lejano, ha llegado a tal extremo que, como leo en un artículo que amablemente me hace llegar Mariano T. Delegado de Senior de mi Club, Barney Adams (72 años, hándicap 7 y estudioso del golf) está promoviendo con creciente número y calidad de adhesiones en Estados Unidos, un movimiento para que los hoyos no estén tan lejos del tee de salida y poder pasar de «el golf es para masoquistas» a «cómo disfruto haciendo golpes de precisión».

Mientras Adams consigue su objetivo, mi consejo es celebrar por lo alto los buenos resultados cuando vienen y olvidar en cada hoyo la derrota del anterior. Una mentalidad positiva durante el partido no sólo ayuda a uno mismo, sino que a la larga influye en los compañeros y, si se extiende en el propio Club, mejora el ambiente y , me atrevo a decir los resultados de mucha gente.

El derrotista en un partido puede acabar jugando solo, pero por el camino habrá logrado amargar el día a la concurrencia. El derrotista lo es en la vida, que imita al golf ¿No se lo han encontrado en la reunión familiar, en la tertulia política o en el trabajo? Es una mezcla entre León «El Tristón» y el espectro de Hamlet que entre el «ser o no ser» ya ha optado por no ser y gime por el campo con frases como: «si me tenía que ocurrir a mí»; «todo me sale mal»; «con lo bien que yo jugaba hasta hoy»; «no, si seguro que tiro la bola al agua». Y cuando falla, lo que no estos pensamientos en la cabeza tiene una probabilidad extremadamente alta, profiere una expresión mal sonante o en algunos casos una blasfemia que ya ni sabe ni que significa, porque su ego más grande que Nínive le nubla la razón.

Uno, insisto, va al golf a pasarlo bien, a jugar y, en lo posible a ganar. Este ejercicio puede llegar a tener efectos balsámicos en los jugadores si se emprende, como aprendí del socio Antón D. «Optimist» a valorarlo como un gran beneficio desde el primer momento.
-. ¿Ganar? -se preguntaba Antón en el tee del Hoyo 1 – Yo ya he ganado estando aquí y no en cualquier otro de los muchos lugares ingratos que pueblan el mundo. Y además con unas horas por delante de deporte acompañado de personas amigas. ¡Yo ya he ganado!
Y con esta conclusión salimos a jugar con él todos victoriosos pasase lo que pasase, olvidados los males, vacunados de espantos y dispuestos a comernos el mundo empezando por el primero de los hoyos.

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