marzo 12, 2019

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Marcelo H Barba

Deben ser muchas las veces que creyéndonos Superhéroes terminamos por sumar tres o cuatro golpes de más a nuestro score. Afortunadamente somos humanos, no volamos y podemos analizar críticamente nuestras decisiones… 

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Lo interesante en todo caso, es tratar de analizarlas antes y no después de observar los resultados.

Aunque esta realidad, recién la advertimos luego de comprobar que jugamos para divertirnos y pasarla bien, no para sobrevivir ni para demostrar (a nosotros mismos y a los demás) que podemos encender fuego bajo el agua.

En nuestro pensamiento existen dos ‘tendencias’ que permanentemente están en puja… Una de ellas es avasallante, impulsiva, arriesgada, creativa y orgullosa. Es la que no mide las consecuencias, la que nos lleva a animarnos, a mostrarle a los demás y a uno mismo que podemos sobreponernos a temores naturales y avanzar sin miedos, inclusive, sin activar ningún mecanismo de protección.

La otra, que proviene de la zona izquierda del cerebro, es la que gobierna los actos desde el lado racional, es más ‘aburrida’ y analítica, haciéndonos actuar de una manera más pensante sobre aquello que estamos por hacer y cuál sería en definitiva el “costo-beneficio” del resultado final.

Nuestro cerebro es así, está partido al medio y trabaja como si cada mitad tuviera su propio conocimiento y forma de percibir lo que vivimos, pero ambas mitades son complementarias entre sí. Ninguna de ellas es más importante, ya que para realizar cualquier acción siempre se utilizarán ambas, para obtener un resultado lo más equilibrado posible, especialmente cuando enfrentamos situaciones complejas.

El hemisferio izquierdo es el más ‘lógico’; el que analiza, calcula tiempos, proyecta y planifica un paso a paso, nos da la capacidad de leer, de escribir y de calcular matemáticamente.

Desde el derecho en cambio, nacerán las ‘ráfagas’ de intuición y creatividad, esas situaciones en las que nos parecerá obvio tener que explicar o demostrar algo, ya que lo ‘visualizamos’ y lo único que nos faltaría es ejecutarlo.

No siempre gana una u otra parte; en mi opinión ambas negocian y se retroalimentan de los resultados obtenidos por cada cual; creo que así se registran las experiencias… o quizás desde ahí se generen esas reacciones que llamamos ‘intuitivas’, no lo sé, pero de lo que sí estoy convencido es que desde allí nace nuestra sabiduría.

En el Golf es muy común que aparezcan ‘intuiciones’ (fruto de experiencias previas o puras, provenientes del hemisferio derecho) que nos hacen por ejemplo, reaccionar y tomar un palo de mayor potencia frente a alguna laguna o riesgo similar y a ejecutar, sin pensar en cómo quedará la pelota al cruzar ni en el próximo tiro que nos tocará enfrentar.

Estas ‘intuiciones’ o decisiones de riesgo, para ser más preciso, también son alimentadas o reguladas por otras variables que provienen del hemisferio más racional y calculador; como por ejemplo, si estamos jugando un torneo importante; o si llevamos una muy buena tarjeta; etc. en cuyo caso, cada uno de esos componentes serán colocados mentalmente en la balanza del ‘costo-beneficio’ que siempre nos propondrá nuestra parte izquierda del cerebro…

Llamativa y sistemáticamente, casi nunca analizamos el camino que toman ambas decisiones más allá de la acción que decidimos realizar; es decir, tan sólo pensamos en el golpe a ejecutar y desaprovechamos los pocos minutos que nos da el juego entre ejecución y ejecución, para estudiar qué pasará dos o tres movidas por delante de dicha acción, como si fuese un partido de ajedrez.

En ese sentido, recuerdo que un excelente profesor me decía que además del objetivo ideal, en ciertos hoyos largos, había que elegir también la zona donde sería más fácil recuperarnos si -por casualidad- fallábamos…

Buscando nuestra pelota debajo de un árbol frondoso, cuando vemos la oportunidad de sacarla hacia el fairway por una pequeña ‘ventana’ que se nos presenta entre las ramas… ni lo dudamos, ‘intuimos’ el tiro y como podemos le pegamos con cualquier palo (inclusive, sin siquiera poder hacer un swing completo); este es precisamente uno de los momentos típicos donde podríamos llegar a sumar = 1 golpe por tan sólo tocarla, otro por moverla sin quererlo, otro más por tener que golpearla nuevamente al quedar a escasos centímetros de su origen… y vayamos a saber cuántos otros más, cuando finalmente salgamos de esa situación y pretendamos meterla en el hoyo. Pero ese bonito cálculo que hizo nuestra parte izquierda quedó eclipsado por la creatividad e intuición que generó la parte derecha… y hacia allá fuimos.

Luego de anotarnos un 8 en un par 4 (siendo generoso), recién pensaremos en que teníamos otras opciones.

Opciones más ‘económicas’…  como declararla injugable por ejemplo, retroceder, dropear, ejecutar limpiamente otro golpe y sumarle la multa correspondiente. O sea, pagar el costo de un golpe adicional y salir airosos de uno de los tantos momentos feos que siempre enfrentaremos cuando juguemos Golf.

Ahora bien, veamos qué pasaba si analizábamos ‘dos movidas’ hacia el futuro. Si por esas casualidades de la vida, hubiéramos podido sacar nuestra pelota del árbol, en una sola intención, sin cometer errores ni infracciones y limpiamente por esa ‘ventana’ que nos dejaba ver el fairway… tampoco hubiésemos ganado mucho, en absoluto, porque luego de esa ejecución de riesgo, donde gastamos un golpe para sacarla debajo del árbol, la pelota hubiera necesitado un  nuevo impacto de potencia para recuperar la distancia que no pudimos lograr desde abajo del árbol.

Resultado: daba lo mismo en términos de sumar un tiro, declararla injugable y dropear sobre una mejor superficie, que hacer todo el ‘circo’ que describí debajo del árbol.

Ni hablar de las conocidas situaciones que se nos presentan cuando aparece una laguna en nuestro camino…

Del mismo modo que cuando ejecutamos un ‘pifie’ con un drive, desde el tee de salida y acto seguido (en lugar de recurrir a un hierro que la vuelva a dejar sobre un buen pasto), elegimos otra madera creyendo así recuperar la distancia que no pudimos alcanzar con el tiro de salida, sin advertir que, en la mayoría de los casos, el estado del ‘Lie’ donde se asienta nuestra pelota es, como mínimo, tierra dura y pelada o rought…

Este es quizá uno de los errores típicos que nos hace cometer la ansiedad y el amor propio cuando fracasamos en ese primer intento; queremos -a toda costa- recuperar los “miles” de metros que humillantemente perdimos, pero lo intentaremos con otro ‘maderazo’ y lo único que lograremos es sumar golpes sin sentido ni valor para nuestro juego.

La parte más racional de nuestra mente no supo negociar con la otra, o no escuchamos que había otras opciones; de la misma manera que cuando nos hundimos en un bunker donde enfrentamos una pared tipo ‘acantilado’ y nos encaprichamos en sacarla, aunque utilicemos seis golpes y quitemos toda la arena del lugar… cuando con tan sólo un ‘chip’ hacia cualquiera de los lados del bunker (incluso hacia atrás), nos hubiera dado la posibilidad de recuperarnos del bunker pero desde una zona con pasto, para llegar al green ‘adicionando’ un humilde y único golpe de más.

Dicho así parece fácil, pero hay que estar en la cabezota de cada uno para entender sus mecanismos de evaluación de riesgos, sus broncas, y cómo se deshace de sus frustraciones y recuerdos de malas experiencias.

Dejemos que nuestras ‘dos partes’ del cerebro trabajen y compitan por la mejor alternativa; escuchémoslas y, pase lo que pase, no nos sintamos culpables de ningún resultado desfavorable si antes, pudimos recorrer mentalmente los caminos y las opciones de cada decisión hasta el final.

Que tengan un excelente Golf y disfruten de cada golpe (sea cual fuere su resultado) junto a sus amigos..!!

Marcelo H. Barba

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