junio 16, 2010

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LLeva dos transplantes de Corazón. Fue sometido a la primera operación con 12 años y en 2008 tuvo que ser intervenido por segunda vez. Es el primer grande de su carrera que juega.

Erik Compton y la firma en su bola

Aunque luego el torneo pueda alumbrar un episodio mayúsculo de alguno de los 28.000 golfistas anónimos que iniciaron meses atrás la fase previa, el US Open tiene un héroe de antemano: Erik Compton. El jugador de los dos trasplantes de corazón se clasificó el lunes para jugar por primera vez un grande en su carrera, una fabulosa historia que llenará la próxima semana titulares en la víspera del segundo grande de la temporada.

La vida de Compton, de 30 años, se debate entre un simposio de cardiología y una historia de superación. A los nueve años tuvo que ser operado por primera vez de una cardiomipatía, una malformación de los músculos del corazón que impiden bombear con normalidad la sangre. La operación, pese a todo, no fue satisfactoria y tres años después, a los 12, le transplantaron por primera vez otro corazón.

Erik se sintió un afortunado en: muchos enfermos se pasan media vida buscando alguno que no provoque rechazo. Lo terrible fue que su suerte llegó tras una tragedia: un conductor ebrio atropelló a una niña de 15 años mortalmente.Aquella intervención encontró eco en el país. Jamás se había practicado un transplante a un niño tan joven en el Jackson Memorial Hospital de Miami, su ciudad natal. La prensa se agolpó en la puerta del hospital. A una edad en la que los críos se quedan embobados delante del televisor, él estaba al otro lado de la pantalla. En eso, tuvo algo ganado para lo que luego le ha llegado como golfista profesional. Los medios nunca han sido un elemento pertubador.

El periodo postoperatorio fue duro. Obligado a una medicación diaria hasta que el sistema inmunológico se familiarizó con el órgano, el chico cogió muchos kilos, casi dobló su peso, lo que en la pubertad le convirtió en un blanco fácil para los otros niños. Aquello le endureció. Forjó un carácter ganador y encontró en el deporte un vehículo para bajar kilos. Jugó al béisbol, aunque asumió rápido que no podía someter a su corazón a tal explosividad. Fue entonces cuando cayó rendido al golf.

«Veía que era capaz de hacer tanteos bajos como los demás, a pesar de mi condición. Y eso me ayudó a ser más fuerte», reconoció a Golf Digest hace dos años. Ahí comenzó una carrera fulgurante, una beca para estudiar en la Universidad de Georgia, un paso por el equipo de aficionados del país, y el salto al profesionalismo en 2001.
Sin plaza en las grandes ligas, tuvo que refugiarse en el Nationwide, la segunda división del PGA Tour, y el circuito canadiense, donde ganó dos torneos antes de que en 2005 se adjudicara el Trofeo Hassan II en Marruecos, su victoria más internacional hasta el momento.
Fue en el Nationwide, precisamente, en un torneo en Idaho en 2007, donde suerte y drama volvieron a flirtear en torno a la figura de Compton. En el último hoyo del viernes, antes del corte, dio un golpe horrible, el inicio de un hoyo en el que acabó con nueve golpes y que provocó que no pasara el corte. Se volvió a Miami y mientras estaba pescando notó una fuerte presión en el pecho. Condujo como pudo hasta el Jackson Memorial y los médicos diagnosticaron que aquel corazón ya no funcionaba bien. «Si no hubiera dado aquel golpe y hubiese seguido jugando ese torneo, ahora no estaría aquí». Se le puso un desfibrilador.
Ocho meses después, en mayo de 2008, Erik era sometido a un nuevo trasplante, el corazón de un jugador de voleibol que falleció en un accidente de moto. Los médicos habían augurado ocho o nueve años de perfecto rendimiento del nuevo órgano. El suyo duró 16, cuatro más que el original.
Sólo cuatro meses después de la operación estaba jugando un torneo del PGA Tour por invitación
El primer mes y medio fue un martirio.

Los tubos se le clavaban en las costillas, apenas podía dormir. Pero el golf seguía en su cabeza. Sólo cuatro meses después de la operación estaba jugando un torneo del PGA Tour por invitación, el Childrens Miracle, en el que pasó el corte y acabó en el puesto 60.

Padre de una niña llamada Petra, en los dos últimos años ha recibido nueve invitaciones para jugar en las grandes ligas. A pesar de las 20 pastillas que tiene que tomar a diario -está exento de los controles antidopaje, obviamente-, su trayectoria este año ha sido inmaculada: cuatro cortes pasados en otros tantos torneos. Pero nada le hizo más feliz que el éxito que cosechó el lunes en una jornada a 36 hoyos, una hazaña para un hombre que se cansa mucho más que sus adversarios simplemente por el hecho de tener que recorrer siete kilómetros en cada 18 hoyos. Una película y un libro que saldrán a la luz en los próximos meses le hará inmortal. Si es que ya no lo es.