Marcelo Barba
La propuesta surge desde una loca y divertida práctica, que no se relaciona con mi estado mental. Se vincula más a una ‘gimnasia amateur’ para poder comprobar y consolidar la confianza que supimos obtener desde que venimos jugando, y de paso, divertirnos un poco más entre amigos.
Si decidimos realizarla, elijamos bien la oportunidad para no incomodar a ningún compañero de juego, aunque verán que sería muy divertido hacerlo en pareja ó hasta proponer un torneo en el club.
Para comenzar bien, olvidémonos de hacer score. Es decir, anotemos los golpes sin preocuparnos ni tener vergüenza por lo que hagamos (más adelante podríamos llegar a sorprendernos con los resultados)
Escojamos solamente tres palos de la bolsa: un 7, el sand y el putter. Llevemos algunas pelotitas extras en el bolsillo y los implementos que utilizamos para limpiar, marcar, levantar piques, etc.
En principio nos sentiremos como desnudos, seguro. Esperemos risas y bromas de los demás, pero es lo de menos, pues se tratará de una práctica ‘inocua’ que deseamos experimentar con un objetivo. Conocer cuánto aprendimos y cómo llevarlo al extremo en la realidad.
Sepamos de antemano (nosotros mismos) para no caer en una desmotivación insensata… cuáles serán las limitaciones que asumimos. Dicho de otra forma, no vayamos pensando en hacer birdies ni en ganar el torneo… Simplemente recordemos que con nuestro humilde 7, que reemplazará desde el Driver hasta el Pitch, deberemos hacer magia para salir airosos y orgullosos en cada hoyo que juguemos, eso será en definitiva lo desafiante de esta experiencia.
En este sentido, establezcamos una convención conservadora que nos ayude en los cálculos: Con el «7» podremos lanzar la bola hasta 130 yardas (en promedio); si va más lejos mejor, pero de todos modos nos aseguraremos dejarla por el fairway, evitando los peligros más comunes (agua, límites, bunkers, etc.).
Salgamos de una vez…
Clavemos el tee al ras y despachemos la 1ra. bola, con suavidad y toda la precisión que supone un «7», un palo noble, dúctil, con muchas prestaciones y facilidad de uso (cómo vamos a amarlo…)
Por si no lo advertimos, a este punto tomamos la decisión más significativa de la práctica. Acabamos de relegar la potencia de un driver ó cualquier madera, con lo que ello significa, a cambio de ganar mayor precisión. Retengamos eso en la memoria, visualicemos los aspectos y componentes del golpe, nuestra fuerza y potencia, la dirección, los efectos, el swing, el final de recorrido de la bola, etc.
En total contraste, presenciaremos a nuestros compañeros de línea, ejecutando sus ‘temibles’ Drivers a 180, 200 ó más yardas de distancia, y nosotros humildemente lo haremos a 130, pero ganándoles en dos aspectos: la dejamos sobre el fairway y sabremos qué palo usar para el próximo tiro… eso está bueno.
Mientras caminamos hasta la pelota, que se supone limpia y sobre el fairway, observemos las posiciones donde quedaron los demás, incluyendo el agua, cross-bunkers y fuera de límites.
Ahora bien, al considerar un Par 5 estándar, podríamos pensar en una distancia -desde las blancas al green- que oscilase en las 550 yardas. Algo razonable para un trecho promedio. Con lo cual, el cálculo nos arrojaría el siguiente resultado: 4,23 golpes de «7» (pegando 130) para llegar al green; obviamente yendo por el medio y sin comprarse dificultades extras. Guardemos esos decimales. Ayudemos al ideal de 4 tiros ejecutando golpes suaves, no queramos abollar la pelota con furia, después de todo un 7 es un «7».
Ya lo se… como nos conocemos tanto, sabemos que invariablemente aparecerá algún pifie, papa ó desvío. Seamos realistas y sumémosle otro golpe más, para dejarla arriba en 5. Resultado: llegamos al green en 5 y queda por resolver nuestra habilidad con el putter, tal vez para terminarlo en boggie ó doble. Ahora comparemos las cifras del resto con las nuestras (sólo con un «7»…) ¿hay tantas diferencias?
Siguiendo con las hipótesis (que comprobaremos ó rectificaremos), en los pares 4 en cambio, podríamos pensar en promediar las 450 Yardas, para lo cual, necesitaríamos ejecutar «3,46» veces un golpe de 130 yardas; también propongo incorporar el mismo factor de corrección que antes, sumándole otro tiro para dejarla en 4 sobre el green. Tomémonos dos putts para embocar con 6 y nos fuimos al siguiente.
Para los pares-3, imaginemos un promedio de 175 Yardas (más que razonable), con lo cual utilizaríamos nuestro «7» unas 1,15 veces. Nuevamente sumémosle otro tiro adicional por las dudas, y digamos que estaremos sobre el green en 2 ejecuciones. Con dos putts terminaríamos en 4.
Esos decimales que observamos en cada cuenta podrán explicar dos opciones: a) que desaparecerán en la medida que peguemos algo más que 130 yardas, cosa bastante probable con un hierro 7, pudiendo convertir un boggie en par ó un doble en boggie. b) la señal de necesitar un approach desde afuera del green con el 7 ó un suave sand -el otro palo que nos acompañan en esta loca misión- para dejarla bien cerca de la bandera y tratar de hacer sólo un putt.
Así las cosas, llegó el momento de analizar los eventuales problemas que podrían presentarse (…mil…)
Uno de ellos será la falta -involuntaria- de precisión, que nos haría aterrizar sobre arena. Esa escala previa podría darse en los cross-bunkers (si bien existen, minimicemos el hecho porque es improbable encontrarlos a las 130 yardas de la salida); la otra visita playera sería sobre cualquiera de los bunkers que protegen al green, eso es más razonable…
Frente a la primera posibilidad, tendremos la alternativa de utilizar alguno de los dos hierros, sand ó 7. Dependerá de lo que enfrentemos, como por Ej. la altura de la pared frontal a sobrevolar; que si se parece a un acantilado usaremos el sand y por el contrario el querido y único 7, una gloria.
Otro problemita común será el agua. Que no podamos cruzarla de orilla con alguna de nuestras sucesivas ejecuciones de sietes. No desesperemos. Quizá la hubiéramos mojado con cualquier otro palo…
Concentrémonos, lo importante será salvar la situación. Dropemos otra bola y dependiendo de la distancia al green elijamos -otra vez- uno de los dos palos que tenemos, todo un lujo de opciones.
Si el problema se refiere a sacarla fuera de límites, les adelanto que algo anduvo mal en el swing, muy mal. Tal vez quisimos desintegrarla y con ese exceso de potencia se desequilibró la ejecución (olvidamos la convención conservadora que propusimos… no más de 130 yardas con el 7), pero sea lo que sea, se fue. Repitamos el tiro con suavidad y no pensemos en el resultado. Es un ejercicio para crear tiros.
De cualquier forma, sigamos sueltos y distendidos, registremos los golpes que hacen los demás con toda su bolsa a disposición, con las eventuales multas por el agua ó fuera de límites; luego vendrá el momento de comparar situaciones y sacar las conclusiones de cada caso.
No perdamos de vista el nivel de ‘creatividad’ que le estamos poniendo a cada tiro que realizamos con sólo 3 palos. Observemos cómo adelantamos las manos para cerrarle la cara al 7 y bajarle el loft, ó cuando lo usamos como pitch para tirar un approach; ó cuando desde el cross-bunker era la única alternativa y nos las ingeniamos para que salga un tiro de libro… en fin, comparemos los resultados de cada hoyo jugado con los que jugamos la semana pasada, con el apoyo de nuestras 14 herramientas en la bolsa.
Luego de atravesar por esta experiencia, ya no seremos los mismos ni nos sentiremos iguales. Cuando tomemos entre las manos otro distinto al 7, créanme que con nuestro handicap, comenzaremos a recordar algo bueno para enriquecer las experiencias. Hablo de la suavidad, del control que se logra con ella, de las posibilidades que nos dan las herramientas que llevamos y no sabemos aprovecharlas al 100%.
Si las utilizásemos con energía y suavidad, combinación rara pero factible, que se traduce en un swing por debajo del 80% de la potencia, con movimientos y giros controlados, con una precisión distinta digamos… podremos exprimirle todo el jugo a las (14) alternativas.
Irónicamente una vez llegué a ‘preocuparme’ por no poder adquirir la última tecnología en palos de Golf, pero por casualidad, tuve la suerte de cruzarme -al costado de la zona de práctica- con un par de caddies que no superaban los 15 años, muy humildes, estaban practicando con el único palo que tenían y se lo alternaban. En su momento de descanso, realizaban tiros con un viejo y gastado «7». Me quedé admirado al ver cómo le pegaban a unas pelotitas ajadas, superando clara y largamente la marca de las 150 yardas. Volví sin ganas de comprarme nada… lo que ya tenía en mi bolsa ahora lo consideraba excelente.
El secreto está ahí, ante nuestra vista y a veces no queremos verlo; no necesitamos palos atómicos para jugar mejor; simplemente tenemos que aprender a jugar con los nuestros (que son bastantes…)
Recuerdo bien cuando volví a jugar con todos los palos, sentí que eran nuevos, que podía obtener más prestaciones, a pesar de que eran los mismos. Hoy pienso en que cada tanto, tal vez una vez al año deberíamos proponernos este ‘raro ejercicio’, con sólo tres palos.
Es bueno experimentar la ‘ausencia’ transitoria de comodidades y elementos, para darles el valor que realmente poseen cuando las volvamos a tener.
Lo que pasa, es que somos humanos y al poco tiempo lo olvidaremos. Poco a poco volveremos a exigirnos hasta el límite, nos enroscaremos más, querremos pegarle más y más fuerte, llegar al green en un solo golpe… y el resultado final será obvio.
Lo patético y cómico es que nos preguntemos qué nos pasa, porqué no podemos hacer menos golpes… pero así somos los golfistas. ¿O me equivoco…?
Hasta la próxima.
Marcelo H. Barba




